De un plumazo nos quitaron los derechos más esenciales que nos habían concedido la categoría de ciudadanos en este planeta llamado Tierra. No toque, no abrace, no camine, no salga y mejor si no mira. En el nombre del virus y de algún hijo que no sabemos bien hijito de quién es, todos esos derechos han quedado en el limbo; conculcados sin derecho al pataleo. Hoy levitamos en un mundo fantasmagórico, silencioso y en deterioro. Vemos apenas los contornos, el fondo sigue difuso.

Al igual que en una dictadura, nos quitaron el derecho del libre tránsito. Por tanto, ya no existe el Habeas Corpus, menos el Habeas Data, que consiste en la protección de datos personales, para evitar su manipulación; ha sido atomizado, por decirlo de alguna manera, por el  avance de las nuevas tecnologías y la democratización en el acceso a la información; pues dueños absolutos de nuestros datos ya no somos. Tampoco podemos pedir su protección en la medida que ya están dispersos en una inmensa nube o big data  del espacio cibernético.

Ambos formaban parte de los derechos humanos, reconocidos y protegidos por Tratados Internacionales y las Constituciones de los diferentes Estados, aunque este último no de manera expresa en nuestra carta magna, pues nosotros casi siempre andamos a la cola. Hoy, de manera abrupta, estos derechos dejan de tener sentido en este mundo colapsado por un virus al que la mayoría no le encuentra mucha explicación y menos sentido aunque probablemente lo tenga y en alto grado.

En esta línea, la propuesta de Andrew Yang, un ex candidato demócrata a la presidencia de Estados Unidos, de establecer un salario mínimo universal de 1.000 dólares americanos mensual a cada ciudadano estadounidense mayor de 18 años, para viabilizar el reemplazo de humanos por robots en puestos de trabajo en sectores como el transporte o la manufactura; bien pudo haber sido- o estar siendo-el prolegómeno de una vasta era donde las personas podrían comenzar a ser limitadas o desaparecidas en función de su aporte a la producción. Eso, solo eso, casi rimando con el paroxismo desenfrenado del hombre sobre la tierra.

Si el objetivo de este experimento llamado COVID-19 es acercarnos a este tipo de realidad; donde la presencia del hombre se va volviendo prescindible, es bien probable que su cumplimiento deba pasar por una acostumbramiento a no preguntar, a no tocar, a no mirar, a no hablar, para finalmente terminar en confinamientos masivos del hombre “en aras del progreso de la humanidad”. Si este desquicio descriptivo en el que me embarco fuera coherente con los planes de algunas personas que manejan o quieren manejar el poder en el planeta tuviera sentido; la proyección de que la “tecnología” sea capaz de resolverlo todo; incluso la sobrevivencia de una elite sobre la tierra, a costa de la desaparición del resto,  no sería descabellada.

Sin embargo, este relato, que linda la ciencia ficción y que podría parecer una postura obtusa y hasta “terrorista” frente al avance de esta pandemia que nos quita el sueño; rozando con aquellos que utilizan políticamente su presencia para desgastar a un gobierno que no es de su preferencia, en un situación de guerra, me refiero al caso boliviano; merece todo el beneficio de inventario para evitar que la gran transición de la humanidad termine en una dictadura de nuevo tipo, a costa de la desaparición selectiva de la humanidad, a partir de la existencia de un virus que debe ser aislado a la brevedad posible. 

Es posible, también, que el encierro y la incertidumbre, provocada por la cuarentena, estén complotando a favor de ideas extremas sobre la disputa del poder en la tierra. Sin embargo, ante la duda, pregunte, como decía mi madre; dulce pero coherentemente al mando de su destino. Ojalá que la sensibilidad humana y la inteligencia puedan rimar, encontrar resquicios y reparos ante lo que podría ser el avance brutal de la tecnología en manos de mentes brillantemente; por amor al poder y dentro de una burbuja profiláctica pero cubierta de sangre y de ambiciones desmedidas. Yo, solamente estoy pensando, ojalá que en la dirección equivocada…

FUENTE: EL DÍA
AUTORA: VESNA MARINKOVIC