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En nombre de la inseguridad ciudadana

Tres hombres grandes desataron toda su furia a patadas en el rostro y la cabeza de un joven de aproximadamente 25 años que habría atacado con un revólver a una muchacha el pasado sábado en una de las rotondas del tercer anillo. Cuando pude llegar al centro de esta escena dantesca, el hombre estaba tirado en el pavimento, ya sangraba de uno de sus oídos, tenía las manos atadas con un cable negro y la furia de sus atacantes era imparable.

Varios curiosos de a pie y en sus movilidades observaban estupefactos lo que era un linchamiento en plena ejecución, en ausencia total de la policía  y de alguien que se animara a pedir que dejaran de agredirlo. Sentí que, en el fondo, se trataba de una situación propicia para que los “ángeles” de la muchacha agredida sacaran sus peores demonios, a costa de convertirse en asesinos.

El argumento que pretendía justificar esa agresión incontrolable de tres personas al muchacho que estaba tendido en el piso, fue que este pudo haber matado a su víctima y que, por tanto, lo razonable era que ellos siguieran golpeándolo como una forma de darle un escarmiento; probablemente hasta matarlo o cuando menos dejarlo medio muerto, “en nombre de la inseguridad ciudadana”.

Me pregunto si ese tipo de escarmiento servirá para hacer entrar en razón a una persona probablemente desquiciada, proveniente de quién sabe que drama humano; que transita su angustia y posiblemente su locura, por una ciudad que, sin duda, tiene un insoportable índice de inseguridad, producto de varios factores, entre ellos, la pobreza y la falta de oportunidades para muchos jóvenes que, con mejor orientación, seguramente tendrían una vida distinta a la que soportan en los canales.

Por supuesto que juzgar un caso de delincuencia tiene varios bemoles. Todavía recuerdo mis interminables clases de criminología tratando de identificar y entender el perfil sicológico del delincuente y reconociendo, junto a teóricos de la talla de Lombroso, que la  tarea era ardua y compleja. Pero, está meridianamente claro que la violencia es injustificable; venga de donde venga, y debe ser sancionada.

Hacer justicia por mano propia y agredir a una persona que acaba de cometer un delito, cometiendo otro delito, es inaceptable desde todo punto de vista: no somos animales para terminar nuestra vida a mordiscos salvajes, como si se tratara de un circo brutal, con espectadores ávidos de sangre y de violencia y/o aterrorizados de caer en la arena de los “gladiadores”.

Pienso que prevenir la violencia debe ser un trabajo “de toda la vida” y debe ser una construcción social, es decir, de conjunto. Ello supone gobernantes comprometidos, instituciones responsables y ciudadanos predispuestos a vivir en armonía. Si en mi casa, en el colegio, en las calles y en los medios me alimento de violencia, el resultado no será otro que la guerra.

Superar el estado de beligerancia permanente en el que vive la humanidad, por distintas razones, probablemente sea la batalla más dura que debamos vencer como seres humanos en un mundo que cada día recrudece sus niveles de intolerancia y de ineficiencia en el logro del equilibrio y la equidad.

Creo, sinceramente, que los medios, así como los centros educativos, tienen un papel definitivamente importante en el arte de vencer la guerra. Sin embargo, entiendo, también, que muchas de estas instituciones están demasiado ocupadas en la tarea de promover la ignorancia, el conflicto, el desencuentro, la mediocridad y la mentira, junto a una policía con problemas estructurales de ineficiencia y corrupción.

FUENTE: EL DIA 

AUTORA: VESNA MARINKOVIC

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