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El 29 de junio de 2013 el Sindicato de Trabajadores de Enap, la petrolera estatal chilena, hizo un anuncio que calificó como histórico: la fracturación del pozo Retamos ZG-A había resultado exitosa, comprobando la existencia de tigth gas en la Isla de Tierra del Fuego.

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Chile: Entre la producción
y exportación de gas no
convencional (*)

 

Felipe Gutiérrez Ríos (**).

El 29 de junio de 2013 el Sindicato de Trabajadores de Enap, la petrolera estatal chilena, hizo un anuncio que calificó como histórico: la fracturación del pozo Retamos ZG-A había resultado exitosa, comprobando la existencia de tigth gas en la Isla de Tierra del Fuego. La extracción de hidrocarburos a partir de la fractura del subsuelo magallánico es uno de los principales objetivos Enap, pero la exploración de no convencionales no se remite sólo a la Isla, sino que se extiende a la Pampa del Tamarugal, en el desierto de Atacama, y a la zona costera, rica en carbón. Por otra parte, la eventual importación de shale gas de países como EE.UU. o Argentina, para alimentar termoeléctricas, es la otra cara de cómo desembarcarían los no convencionales en Chile.

El costo de la energía eléctrica en Chile es el más caro de América Latina, supera el del 60% de los países más ricos del mundo, y el valor del consumo doméstico se ha cuadriplicado desde 1999. El 62% de los insumos energéticos son importados, mientras que en el mercado interno, AES Gener, Colbún y Endesa generan y comercializan el 90% de la electricidad; completando un panorama de generación de energía concentrada, a altos costos, dependiente y contaminante.

Hasta la década de 1990 la mayor parte de la generación provenía de centrales hidroeléctricas, distribuidas a lo largo de Chile, mientras que el resto se obtenía de termoeléctricas, principalmente alimentadas a carbón. Las graves sequías que sufrió el país hacia finales de la década, que implicaron racionamientos y cortes de luz, obligaron a poner en marcha un plan de diversificación de la matriz energética. La primera consecuencia de esto fue la firma con Argentina de acuerdos bilaterales que le permitieron importar, a través de la construcción de siete gasoductos, a un precio mucho menor al que pagaba hasta entonces. En pocos años el gas pasó a representar el 25% de las fuentes de generación de electricidad, proyectándose que en 2015 subiría a un 40%. La realidad mostraría que esos cálculos estaban errados.

El fuerte aumento del consumo interno de gas en Argentina, tras la crisis de 2001, acompañado por un descenso en los niveles de extracción, gatillaron que a partir de 2004 el vecino país comenzara a restringir el envío de gas, hasta llegar a un corte total en 2007. La crisis encontró a Chile no sólo con una gran dependencia del gas argentino sino con una red de infraestructura que quedó obsoleta. Tras eso el gobierno de Ricardo Lagos licitó dos plantas regasificadoras de GNL, iniciándose en 2009 la importación principalmente desde Guinea Ecuatorial, Trinidad y Tobago y Qatar. Desde entonces el gas ha vuelto a tener una alta importancia en la generación de electricidad, pero a un costo mucho mayor: en 2012 el millón de BTU costaba US$13, mientras que en 2003 se pagaba US$2,5 a Argentina (Jiménez y Albornoz, 2013).

El fracking aún no ha revuelto las ya convulsas aguas del debate energético en Chile. La noticia de la fractura en los pozos de Tierra del Fuego no ha llegado a una discusión pública

 

 

En 2011 el 62% de la electricidad se generaba en las 239 centrales térmicas del país, mientras que el 35% provenía de hidráulicas. Durante los últimos años, principalmente desde el sector minero, que consume el 34% de la capacidad instalada, se ha iniciado un fuerte lobby bajo el discurso “o duplicamos la generación [para el año 2020] o no saldremos del subdesarrollo”. Para eso se impulsaron megaproyectos como Hidroaysén, que busca crear 5 hidroeléctricas en la Patagonia chilena.

Estos megaproyectos han encontrado una fuerte resistencia de las comunidades locales. En 2011 Hidroaysén provocó una reacción nacional sin precedentes, que marcó la mayor movilización callejera desde el retorno a la democracia (1990), antes de las aún más multitudinarias protestas estudiantiles. A finales de los ‘90, la resistencia contra la construcción de una represa en Alto Bío Bío se convirtió en uno de los principales hitos en la disputa reciente entre el Estado chileno y el Pueblo Mapuche, pero más allá de estos dos conocidos casos, son más de una decena las comunidades locales que se han organizado para impedir proyectos de hidro y termoeléctricas. Dentro de ese contexto, el posible cambio derivado de la extracción de no convencionales plantea, desde círculos empresariales, dos escenarios para Chile: la autoproducción y la posibilidad importar shale gas.

FRACTURANDO LA ISLA GRANDE

Tierra del Fuego es una isla de casi 50 mil km2 compartida por Chile y Argentina. Separada del continente por el Estrecho de Magallanes, es una de las porciones de tierra habitada más austral del mundo. En su subsuelo se encuentra la cuenca sedimentaria Austral Magallanes. Según un informe del Instituto Libertad y Desarrollo, el think tank más importante de la derecha chilena, la cuencuenca completa tiene un potencial de extracción de shale gas de 172 TCF, de los cuales 64 TCF corresponden al lado chileno (Jiménez y Albornoz, 2013)1. Este potencial implicó que Enap dispusiera en 2013 de US$ 100 millones en inversión, su mayor presupuesto en 15 años. A través de los no convencionales la empresa busca recuperar su producción, en constante declinación en la última década. Tras la puesta en producción de Retamos (tight gas), se sumaron dos nuevos pozos, los que en octubre y a través de un colector de 40 km, abastecen a la ciudad de Punta Arenas y la isla de Tierra del Fuego, con cerca de 150.000 m3 diarios de gas (El Dínamo, 18/10/13).

En febrero Enap informó que en 2014 planea fracturar 19 pozos, 4 de ellos en el continente y los restantes en Tierra del Fuego. El principal objetivo de la estatal es, a mediano plazo, mantener el autoabastecimiento de Punta Arenas, capital de la Región de Magallanes, única zona del país donde la escasa producción de hidrocarburos ha podido sostener un nivel similar al consumo. Por otra parte, en el norte del país empresas juniors están interesadas en explorar la Pampa del Tamarugal en busca de gas de yacimientos no convencionales (Qué Pasa, 04/06/12). Esta zona tiene el plus de la cercanía con las grandes minas, sector que consume el 85% de la energía del Sistema Interconectado del Norte Grande. Otra zona explorada es el Golfo de Arauco, donde se ubican las principales minas de carbón, que hace un siglo constituían la principal fuente de energía del país. El gas asociado a los mantos de carbón ha sido explorado por la empresa Layne, que consideró que económicamente no es rentable la explotación del recurso (Plataforma Urbana, 09/08/09).

TROPEZAR DOS VECES CON LA MISMA PIEDRA

Aunque EEUU aún no ha comenzado a exportar shale, la empresa Cheniere está autorizada a hacerlo desde 2015. En Chile, Cheniere tiene el 50% de la propiedad del Proyecto Octopus, terminal marítimo de GNL que, conectado al Gasoducto del Pacífico, alimentaría la mayor termoeléctrica del país, que se pretende construir cerca de la ciudad de Concepción. El gas que llegaría al terminal, sería shale importado desde EEUU. Por la masiva oposición local el proyecto fue retirado del Sistema de Evaluación Ambiental, aunque podría ser reactivado.

En paralelo a la eventual importación desde países lejanos, han surgido voces que consideran que un crecimiento de la producción de gas en países vecinos podría reactivar el suministro. El informe del Instituto Libertad y Desarrollo concluye que es viable “volver a utilizar en el futuro la infraestructura existente en forma de gasoductos para importar gas desde Argentina” (Jiménez y Albornoz, 2013). Otro informe, de estudiantes de Ingeniería de la Universidad Católica, si bien contempla la posibilidad de reactivar los gasoductos concluye que “la aparición de shale gas, hace que aumenten las probabilidades de que Argentina restablezca el consumo, pero su inestabilidad política y económica no aseguran lo anterior” (Salamunic y Dattas, 2011).

El fracking aún no ha revuelto las ya convulsas aguas del debate energético en Chile. La noticia de la fractura en los pozos de Tierra del Fuego no ha llegado a una discusión pública y sólo los comités opositores al proyecto Octopus señalaron sus críticas al hecho de importar gas obtenido mediante la cuestionada técnica. En un país donde está viva la discusión sobre el recambio de la matriz energética, empresas como Cheniere y Exxon y lobistas del shale buscan desplazar de la discusión la posibilidad de avanzar hacia fuentes de energías limpias, renovables e independientes, por una nueva aventura de importación de hidrocarburos. En Chile se dice “patear la discusión pa adelante”.

(*)ht tp://www.opsur.org.ar/blog/2014/08/26/chile-en-tre-la-produccion-y-exportacion-de-gas-no-convencional/
(**)Es periodista e investigador del Observatorio Petrolero Sur. Artículo publicado en Fractura Expuesta Nº 3, julio 2014

 

 

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