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¡Ni un caballo más!

Ni un caballo más!, lo digo parodiando una campaña contra la violencia de género, mientras no dejan de circular aproximadamente unos 7.000 carretones arrastrados por caballos esqueléticos cada día en Santa Cruz, la ciudad más próspera del país pero donde la violencia en contra de estos animales ha tomado carta de ciudadanía, pues a nadie parece importarle esta situación que lacera cuando nos toca verla circulando nuestras conciencias.

Consiguientemente, en la Bolivia de este siglo XXI, el caballo, que llegó intrépido junto a los españoles, en el segundo viaje de Colón a estas latitudes; ha  terminado siendo principalmente un medio de transporte barato, el más barato, para liberar escombros, chatarra y elementos tóxicos y ese es un tema que tiene que ver no solo con la pobreza, sino con el medio ambiente, con nuestro grado de educación pero sobre todo con nuestro nivel conciencia.

Los caballos por supuesto que ya no infunden temor, como en los primeros días de la colonización española, cuando eran utilizados para mantener “a raya” a los  indígenas originarios. Ahora los caballos están mayormente domesticados y gran parte de ellos lucen cadavéricos en las calles y avenidas de  la ciudad: transportan despojos y la propia miseria de quienes los apuran, látigo en mano.

Su paso sobre el asfalto caliente ni siquiera pretende ser competitivo en medio de cientos de ruidosas movilidades que han superado con creces sus niveles de velocidad pero también de contaminación ambiental. Los caballos que arrastran pesadas carrozas; apenas logran avanzar entre su propio vértigo, la confusión y la angustia de quienes los conducen frenéticamente, sin pausa, en una ciudad cada vez más habitada por movilidades último modelo y otros cacharros con el escape roto que circulan inalterables por todo el radio urbano y más allá de él.
Los lugares a donde llegan tristemente estos animalitos son muladares públicos, abandonados por la Honorable Alcaldía Municipal, a donde arriban evadiendo el escaso control de Tránsito para redimirse de su pesada carga. Ahí dejan escombros, llantas, basura y todo tipo de desechos que luego el viento y el fuego se encargan de “rehubicarlos” y transformarlos: migran y se vuelven, muchos de ellos, gases tóxicos.

En medio de estas jornadas agotadoras y violentas, los caballos resignados y estoicos esperan, en pleno sol, lluvia, viento y frío, a que sus dueños vacíen la basura y luego se escucha su  triste taconeo sobre el pavimento, con herrajes muchas veces incrustados entre sus pezuñas, retornando a recoger más escombros; si es que la suerte “acompaña” a sus patrones. Así será hasta el día que mueran de  pie, igual que los árboles, frente a una ciudadanía cada vez más ajena a su entorno.

Comprar caballos en Bolivia, por tanto, no es precisamente un hobby, tampoco es una opción ecológica para faenas cotidianas que impliquen menos contaminación. Habrá que reconocer que para muchas personas, marginadas de procesos sociales y planes de desarrollo, el caballo se ha convertido en  un medio de vida; triste y sin proyecciones de futuro, pero eso no elimina responsabilidades, menos de la H. Alcaldía Municipal que está obligada a resolver este problema.

Por el momento, el transporte de carretones jalados por caballos sigue haciendo gala de nuestra pobreza y además, inconscientemente, contaminan. Son parte involuntaria de la cadena de contagio ambiental en la medida que  ayudan a acrecentar los basurales públicos; contribuyen a que los mendigos, pandilleros o drogodependientes, quemen llantas depositadas por los dueños de los carretones y; finalmente, porque en medio de su precariedad y zozobra, desparraman escombros y basura por donde pasan. Es un tema que no puede seguir siendo soslayado por las autoridades ni por nosotros los ciudadanos.

FUENTE: EL DÍA

AUTORA: VESNA MARINKOVIC

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